CDRO. RIVADAVIA: Angélica recibió el alta pero no sabe si recuperará toda la movilidad de su brazo

"¿Para qué mierda quiero un brazo así? Necesito trabajar, yo necesito atender a mis hijos". Angélica Catrihual recibió ayer a El Patagónico en la casa del barrio Pueyrredón en cuyo exterior, el lunes 25 de julio a la madrugada, casi pierde la vida al ser abordada por un delincuente que la atacó con un arma blanca cuando estaba por poner en marcha su vehículo, con su pequeña hija en el asiento trasero. "Me siento egoísta porque me dicen 'agradecé que estás con vida', pero yo estaba sana, yo podía atender a mis hijos. Ahora no los puedo atender. Eso me da bronca", sostiene la víctima. (El Patagonico)

“Doctor, ¿cuándo puedo empezar con la rehabilitación?”, le preguntó ayer Angélica Catrihual a uno de los médicos del Hospital Regional al recibir el alta médica.
“¿Para qué? Por ahora no”, le respondió el especialista a Angélica, quien quiere empezar cuanto antes con la recuperación después de haber sido operada. “No pienses que lo vas a tener como antes. Como está ahora puede ser un poquito más, pero no con la misma utilidad” le explicó el especialista sobre la movilidad de su brazo izquierdo.
Y eso fue como un baldazo de agua fría para la mujer que el 25 de julio a la madrugada fue atacada por un delincuente en Aníbal Forcada al 500, a la salida de la casa de su madre luego de una cena familiar.
Angélica, quien estuvo al borde de la muerte, recibió ayer a El Patagónico en la vivienda familiar del Pueyrredón donde fue atacada.
“¿Para qué mierda quiero un brazo así? Necesito trabajar, yo necesito atender a mis hijos. Necesito llevarlos a la escuela, ¿o a mí me van a pagar un alquiler como le hacen a ellos? (a los delincuentes). Yo necesito sentirme útil. Tengo mucha impotencia, rabia, bronca”, sostiene.

AL BORDE DE LA MUERTE
El domingo 24 de julio Angélica se tiñó el cabello porque estaban por empezar las clases luego de las vacaciones de invierno y quería estar presentable para llevar los chicos a la escuela. Esa noche había compartido con su madre y su familia una cena en Aníbal Forcada al 500. Le pidió a su hijo que llevara una caja al auto primero. Después cuando salió, acomodó a su nena de cuatro años en el asiento trasero y llamó a su marido para decirle que se iba para la casa.
Cuando terminó de hablar por teléfono, vio al solitario asaltante que se acercaba. “Lo veo que venía. Con esa mirada de presa fácil, fue muy fuerte. Caminaba como acelerado”, recuerda. Está segura que lo puede llegar a reconocer, aunque confiesa que ahora a todos los que se le cruzan terminan siendo sospechosos para ella.
“Veo que ya viene rápido, dejé el celular, y alcancé a ponerle la traba a la puerta del auto. Cuando ya me manotea la puerta de la enana (su hija). Manoteaba y le pegaba, le pegaba (a la puerta)”, relata.
Ahora que está más tranquila y piensa lo que le sucedió, se siente molesta porque la policía no tomó ninguna huella sobre la manija del auto y recién fueron a levantar rastros cuando el vehículo estaba lavado.
“Le pegaba ahí (al coche), e iba para el otro lado. Yo tenía miedo que mi nena le destrabara la puerta. ¿Por qué no atiné a arrancar y escaparme? Yo decía entre mí, que mi nena no le vaya a abrir. Pegó y pegó y le daba con todo”, cuenta sobre esa escena como sacada de una película de terror.
“Donde lo veo que corre para atrás y me va a pegar, yo digo acá me va a sacar de los pelos, acá me rompe los vidrios y me saca de los pelos. Yo abrí la puerta y le pegué la patada. Cuando él viene le pego la patada, cuando se levanta, me tapé así (se cubre) y ahí es donde me corta toda”, explica.
“No me insultó, en ningún momento me dijo nada, no me dijo dame la llave, dame la plata. No tenía intenciones de hablar, no se molestó ni en insultar”, rememora Angélica.
Si no se cubría de las puntadas el atacante la podría haber lastimado en la cara o en el cuello. En ese momento salió de la casa la hermana de Angélica y al ver que estaba herida le preguntó si conocía al agresor. Y Angélica le gritó que no, que mirara lo que le había hecho. Perdía sangre debajo del brazo izquierdo.
Al percatarse de lo ocurrido también salieron de la vivienda su madre, una amiga de su hermana y el novio de ésta, quien intentó perseguir al delincuente con su camioneta. Al perderle pisada regresó a la casa para finalmente llevar a Angélica al Hospital Regional.
“Ahí sale mi mamá y mi nena lloraba. Yo le digo, mamá sacala a la gorda y metela adentro”. En ese momento ella cayó desvanecida.
Angélica ahora recuerda el momento, se quiebra y llora. Es que revivió junto a su hermana y su madre todo lo que la familia sufrió cuando en setiembre de 2010 asesinaron a Otilio, su padre, en un asalto al almacén que ella misma se encargaba de atender hasta hace pocos días.
Esa madrugada del ataque su hermana la tapó con una frazada y le dijo que se calmara. Ella perdía mucha sangre. No se acuerda que tenía los ojos abiertos, pero sí rememora que le ponían toallas debajo de la axila para frenarle el sangrado. También se acuerda cuando la anestesiaron.
Perdió mucha sangre. Y por eso los médicos le dicen que estuvo al borde de la muerte. Una de las estocadas estuvo cerca de perforarle un pulmón. Y el corte más profundo le interesó los nervios del brazo, por lo que perdió movilidad. Fueron más de 20 puntos de sutura y perdió gran parte de la movilidad del brazo izquierdo.
“A esta fiscal (Camila Banfi) le agradezco que se haya acercado a hablar conmigo al hospital. Nos han dado atención psicológica con mis hijos”, destaca.
Quiere que se detenga a delincuente y se le dé tranquilidad a la sociedad. Reclama también que vuelvan las cuadrículas. Afirma que eso la hacía estar más tranquila.